Tres

Los ecos de las bombardas llamaron la atención de todos los pueblos aledaños, las chispas se expandían entre lo más alto de las montañas; desde Mayunmarca, Serapio que languidecía pudo despertar, sobó su vientre y alistó el mejor traje para emprender camino hacia Cosme,  donde los poblanos llegados de muchos lados, mayormente de Lima, empezaban a festejar a las tres vírgenes: del Rosario, Cocharcas y Santa Clara. Tal vez soportaría las seis horas de caminata más el hambre hasta llegar o quedaría en medio del intento y del sendero.

Catarata Tirol, La Merced
La neblina despejó y a lo lejos empezaron a escucharse el sonido de las aves en medio de la selva. El despertador sonó y nadie pudo ponerse en pie para apagarlo, Carol pudo atinarle con el zapato y la sala quedó nuevamente en silencio. Los cuerpos yacían en el sillón y las camas. O fue el hambre que provocó en ellos un zumbido que fue acelerando hasta que la jovencita de cabello alborotado dijo: “¿Nadie piensa comer?”, y el desayuno fueron sobras del día anterior que supieron mucho más rico y macerado que alguna vez en sus dos décadas de vida. “Ya tenemos fuerzas, hoy somos Tirol”. Y el grupo de jóvenes se alistó para emprender un viaje hacia el calorcito de la selva, el que ofrece Chanchamayo y el que ofrecen sus habitantes.

Las ollas fueron levantadas por tres jóvenes padres, quienes ordenaban a sus parejas seguir atizando la leña de las vicharras, “sopla, sopla duro”. El humo y el vapor salían de las cocinas de las familias que pasaban la fiesta. Había muchos invitados para ofrecer el desayuno: “para los músicos, los tíos que vinieron de lejos, los toreros, los filmadores…”. Serapio pudo llegar a tiempo, dibujó una sonrisa afable en su rostro y empezó a saludar a todos como si los conociese y quisiese de mucho tiempo, fue bien recibido y sus ojos brillaron más bajo el reflejo del sol vespertino en la sierra cuando probó el primer sorbo de caldo de gallina mientras las bombardas seguían siendo mandadas al cielo, anunciando el día principal de la festividad. El eco fue impresionante debido a la geografía, donde la mayoría de pueblos se encuentran en la cima de montañas y se ven frente a otra, como si tuviesen alguna gratitud a lo celestial y quisieran estar más cerca. Desde esa altura, el río Mantaro y la carretera se ven como dos hilos serpenteados.  

Los gritos de emoción de los jóvenes, que se abrían paso entre sinuosos caminos de barro, alborotaron la tranquilidad del lugar.

-Por eso no jalo.
-Tranqui nomás, escucha a los árboles, ellos también se alegran de tenernos aquí.
Carol se sentía orgullosa de haber nacido en La Merced y observar a sus amigos de barrio, en Lima, experimentar por primera vez de la humedad del lugar, el olor a hojas de plátano, el chillido de algún animal salvaje, encontrar mariposas de una infinita variedad de colores y tamaños. Entre bromas, anécdotas, piteadas y siguiendo a un pequeño río llegaron a la catarata de Tirol. La caída del agua puso la atmósfera del lugar como si miles de pequeñas gotas estuviesen en constante llovizna, la alegría del grupo fue inigualable.


Amanecer en Cosme, Churcampa, Huancavelica
Serapio llamaba la atención por su vestimenta tradicional, llevaba el sombrero de chopja y algunos cosminos reconocieron que él no era del lugar y comentaron que de donde él venía fue un pueblo que desapareció a causa de un diluvio que arrasó con todo y que desde los años noventa, Mayunmarca se fue reconstruyendo de a pocos. Las parejas que bailaban al compás de una banda ayacuchana también reconstruían sus tradiciones, ellos se dirigieron a la plaza bajo el sol del mediodía, al llegar a la pequeña capilla las estatuas de las vírgenes esperan para ser paseadas por la plaza, alrededor de un eje, que este caso fue un hasta sin bandera.

La tarde se asomaba y era tiempo de regresar, los jóvenes olvidaron llevar alimentos y tuvieron que tomar agua de la catarata ante la sed que los agobiaba, uno de ellos empezó a culpar a Carol por haberlos llevado y no haber planeado bien las cosas, los demás siguieron con la misma conducta hacia ella. “Mira carajo, encima estamos todo mojados” y de un empujón Carol cayó a un pequeño desnivel y sus amigos continuaron el retorno.

Zapateos, música, alegría y nadie permanecía con un solo grupo. Todos terminaban conociendo a todos, pasando botellas de cerveza o de “calientito”. El sonido de la multitud era diferente, el acento lo convertía en un cantar y el quechua los volvía hermanos. Serapio iba rotando, pero lo tomaban como un loquito más que demostró haber llevado mejor a los toros de bufa que los que vinieron desde Lima. Sus cejas de arquearon cuando sentía que se iba quedando solo, en una esquina, su quechua era de alguien que vive más al sur.

Mientras cenaba, una jovencita entró al restaurante y, de pronto, sentí una sensación que me provocó seguirle con la mirada mientras conversaba con mi amigo. La chica de cabellos alborotados llevaba un polo húmedo de varón y un short de jean, una herida en la rodilla y rasguños en el cuerpo. Se sentó frente a mí y me trató como a un amigo que conoce y quiere de muchos años, empezamos a hablar y ambos nos sorprendimos haber vivido muy cerca en Lima, en alguna época. Le invité la mitad de mi plato, que rechazó en un comienzo y luego comió con frenesí. Mi amigo que estaba avergonzado se fue al baño. “Mi nombre es Carol y tú ya me entiendes bien, así que ya sabes, estoy dispuesta a todo”.

Huancavelica
Al tercer día de fiesta y de haber observado a Serapio, decidí acercármele y me habló en quechua, le respondía con algunas palabras que ya había aprendido hasta que comprendió, giró a verme y empezó a hablar en español. Sus ojos, a los cincuenta y tres años, le brillaban con mucha intensidad, “mi mamá es de allá y mi papá de más allá”, aunque sólo conozca su pueblo y los aledaños, le ha quedado entendido que todos en el país somos una mezcla de rasgos oriundos y no oriundos, “¿sino por qué crees que tengo estos ojos y esta piel roja?”.

Prometemos con Carol encontrarnos en Lima nuevamente y le doy dinero al mototaxista para que la lleve a su casa, “es brava la flaca, araña bien ah” y con un abrazo muy cálido nos despedimos. La fiesta terminó y mientras volvemos a la casa de la familia que nos hospedó, Serapio empieza a cantar sus huaynos en quechua, “Ripusajmi, ripusajmi” le digo y entona un huayno que parece le estremece el alma, le recuerda a su esposa fallecida y a sus hijos que lo han dejado, nos tomamos del hombro y seguimos la marcha de regreso como amigos que se conocen de siempre.

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