lunes, 7 de marzo de 2011

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La muerte es volátil

Fernando, mi abuelo de línea paterna, es carpintero, su especialidad es hacer jaulas para conejos, cuyes, gallinas y todo aquel animal que lo necesite o sea obligado por su dueño; otra es hacer baúles, por eso cuando cumplí veinte años le pedí uno y hasta ahora sigo esperando.
En su séptima década tuvo un pasatiempo más entretenido: adoptar animales.

Saha preñada
El 2008, año que regresé a vivir a Huancayo en la casa sólo había un perro blanco con manchas negras, una específicamente le cubría la mitad de la cabeza, por eso lo llamaron Pirata, y un gato de pelaje rubio, éste tenía una historia felina: su progenitora visitó el cuarto de mi abuelo que da a la parte “antigua” (como lo llamábamos) que está construido de adobe y quincha; visita por azar tal vez, mi abuelo la adoptó -a la fuerza-, la encerró en su cuarto, le dio comida y cama, no fue para más: el instinto de los animales cumplió su proceso natural. Luego parió -no, de mi abuelo no fue, claro-, pero fungió de papá ya que la gata desapareció cuando sus tres crías ya podían caminar, sólo quedó el más parecido a la madre, los otros dos fueron adoptados por familiares lejanos.
Cuando le pregunté a mi abuelo cómo se llamaba, sólo me dijo “No lo sé, le llamo como Michi y viene”, entonces se llamará Michi le respondí. Traté muchas veces jugar con él y acariciarlo, sin embargo, huía. No me quedó otra que sólo ver la fidelidad que le otorgó a mi abuelo, me pareció muy raro verlo esperar en la puerta y seguirlo hasta su cuarto como si se tratase de un perro.
Los meses pasaron y pude rozarle el pelaje un par de veces, eventualmente aprovechaba en sus momentos de juego con Pirata.
Clarita
Durante diciembre, época de lluvias, Michi desapareció y mi abuelo sufrió una leve esquizofrenia al tercer día que tocó la puerta y dentro de su casaca tenía un gato muy similar aunque tenía el pelaje fino y suave. “La vecina de la esquina lo tenía, lo vi en su puerta y como está lloviendo lo traje” me comentó de una manera rara y con un tono angustiado, le espeté que no era ése su gato y no recibí respuesta.
El animal se quedó, fue dócil con todos que pensábamos era macho hasta que apareció con el vientre abultado, entonces decidí ponerle nombre: Saha. Ya que en esas semanas leía La Gata de Colette.
Saha tal vez fue la iniciadora de una estirpe que hasta hoy persiste. Tuvo cuatro crías, de las cuales, una murió de un pisotón que le propinó una de mis tías por casualidad, el que salió de color negro fue regalado a otro familiar lejano y sólo quedaron dos crías: Leo y Clarita, el macho de pelaje rubio y la hembra de pelaje plomizo. Saha desapareció repentinamente cuando ya los pequeños comían y corrían por la casa.
Ambos gatos fueron queridos y engreídos, más por mi primita Belén que retornó con mi tía Carito de España que ya venía embarazada, al dar a luz, la cantidad de animales tenía que disminuir y para eso Clarita tenía dos crías lactantes: Sonata y Diego, en total cuatro gatos a quienes dar de comer.
Amamantando a sus bebés
Regalé a Clarita y Sonata a una tía de línea materna, Diego fue el único que se quedó en casa, un gato negro con el pelaje voluminoso como el de un angora. Muchas noches saltó por la ventana del baño de mi habitación y durmió sobre mi cama hasta que llegó a la madurez y quién sabe qué gata le daba calor.
A mi abuelo le dejaron de gustar los gatos y un día sucedió ese cambio.
Llegué de la universidad y tenía entre sus manos a un pajarito con las plumas removidas. “Diego lo agarró en el aire y estaba por comérselo” me contó con un congojo especial que sólo  se da para los animales, vi a Diego que salía de la cocina con varias plumas pegadas a la boca y el cuerpo, sólo atiné a molestarle porque soy muy cobarde para agredir a un animal.
Pusimos al pajarito en una caja de pop-corn que dan en el cine, tenía dos heridas en el cuerpo y el ala derecha con pocas plumas para volar.
Mi abuela lo metió a una jaula vacía que se encontraba en la azotea para que no se asfixie, le dieron granos, por dos noches lo bajó a su cuarto en la caja para que el frío de la sierra no lo mate como lo hizo con un muerto que fotografié cuando hice prácticas en un periódico local.
El pajarito ya estaba casi recuperado, pero un día llegué tarde a casa, y nos olvidamos del pajarito que seguía en la jaula de la azotea. A la una de la mañana mi abuela me dice que suba para recogerlo.
Me abrigué lo suficiente y subí. Alumbré la jaula y sólo observé una caja volteada, busqué nuevamente y no lo encontré, imaginé que mi abuelo se lo había llevado para abrigarlo, todo fue un supuesto, saqué la caja y allí estaba, con la cabeza recostada en la superficie, con los ojos cerrados, me quedé en silencio, el silencio que me congeló el corazón, no quise tocarlo, cerré la puerta de la jaula, bajé rápido horrorizado, como volando y pensé que después de todo ese pajarito había vuelto a volar, a estirar las alas, a salir de sí, a ser libre. No era cierto, aquel pajarito se había convertido en un ave gigantezca que iba a mis espaldas y quería llevarme. Prendí todas las luces y entré a mi cuarto. Mi abuela preguntó por el ave, sólo le respondí que estaba muerta, ni ella me lo creyó en un principio. Quise quedarme dormido lo más rápido posible, no quise asimilarlo y más cuando ella dijo: “Ahora qué le diremos a Belén que se había encariñado mucho con el pajarito”.
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