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Un zancudo en el mar

A más de dos años he vuelto a visitar una playa, en un comienzo sentí temor para lanzarme a nadar, pero tuve que despojarme todo aquello que me inhibió en esta semana para volver a sumergirme en ese inmenso mar que me provoca desde que tengo ranzón.

El verano en Lima es conocido porque la gentita va a la playa, comer harto helado y chupete –algunos marcianos se comen entre sí-. También aumentan los mosquitos o zancudos como los llamamos por acá, y qué hacemos para que jodan con sus piquetes… bueno, usamos repelentes, Raid –si, no tienes mucha plata, Sapolio-, es casi inevitable. Es por eso que aparecemos con granitos rojos en cualquier parte de cuerpo y nos lo rascamos como perros piojosos. Siempre he luchado contra estos zancudos que zona traídos por los jardines que hay cerca al departamento donde vivo. Sin embargo, me ha tocado sufrir lo que sienten estos insectos.
Soy un zancudo.
 Me he sentido repelido, una amenaza. ¿Cómo? ¿Por qué? Hace dos años me contagié de Hepatitis B y luego de pasar ese trauma ya había dejado de sentirme como un monstruo, pero nuevamente me han hecho sentir así y es terrible cuando alguno de tus mejores amigos (aunque en este caso sea sólo uno) ha sentido dudas de verme por un posible contagio.
Estuve varios días sintiéndome como Frankestein que fui mutando en el mismo animal en el que Gregorio Samsa se convirtió, porque desarrollé una coraza que me inhibió de muchas cosas. Fue como si de un momento a otro le desarrollé miedo a todo o que debería ser tanto como para los objetos como para las personas.

El zancudo y el mar
Ayer fui con mi amiga Tefa al balneario de Punta Hermosa.
Con sólo ver las olas desde la orilla me emocioné para volver a sumergirme en plena formación de una y no ser golpeado como los demás que chapuceaban como renacuajos.
Nuevamente sentí una pesada coraza que me impedía nadar hacia el fondo, tenía que sujetar a mi amiga hasta que fuimos llevados por una ola engañosa y acabamos tirados en la arena.
Volví solo, no necesitaba sujetarme de nadie. No necesitaba pensar en nadie, sólo concentrarme en poder entrar, debía estar allá, donde las olas no hacen nada, no golpean, te mueven.
Avancé, me sumergí y estaba ya en el fondo mientras una ola descomunal se formaba y parecía caer antes de lo debido, iba a caer sobre mí. Tuve miedo nuevamente, dudé. Dudé y dudé.
Miré el cielo y volví a la orilla. Había superado algo más allá de aquella ola. Me sentía nuevamente bien, tenía confianza sobre mí mismo, así que ya nada más necesitaba.
El zancudo se perdió entre las olas del mar y salió humano.
 Hasta el próximo lunes.

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