Abuelita Natalia

La casa junto al río la conocí los primeros meses de vida que me llevaban para conocer a mis bisabuelos. De niño las visitas se recuerdan con exquisitez por la buena sazón de mi bisabuela, a quien también decía abuelita Natalia, no me sentía tan lejano, al contrario, afortunado de tener esa imagen de una mujer vigorosa.

Los postres de chocolate, el jardín con frutas, el lavadero de metal de un sólo caño, la infinidad de plantas y flores, los pasillos de una casa hechos de adobe para guardar el calor y la hospitalidad, así como el corazón de ella, corazón que dejó de latir, como el de mi papá, quien en su último cumpleaños le hizo un cariñoso homenaje, "sus manos blancas recibieron a este negrito", recordando quién fue la que ayudó a mi abuela a traerlo a este cuajado mundo. Ambos, en ausencia o distancia, están. 

Su preocupación por los demás se transmitía la afabilidad que decoraban sus preguntas o enseñanza a ser cómplice para darte propinas, me saca una sonrisa, hasta después de los veinte años me daba propina subrepticiamente, su mano volvía rápidamente a los bolsillos de sus faldas mientras su mirada se clavaba en el horizonte.

Todos los primero de enero la numerosa familia que se formó se reunía para estar junto a ella y celebrarle un año más, su baile manifestaba la más grande alegría que debe sentir todo ser que llega a la senectud y ve a toda sus descendientes reunidos, siempre acentuado con la alegría de los nuevos niños que se unen a los vínculos más fuerte que la sangre por venas.

Forjadora de la fuerza misma, de la generosidad y del impartir amor. Natalia, el eterno legado de la familia que, en cada uno de sus miembros, llevamos parte de ella. Aún vive, así su existencia ya no se haga sentir.


Octubre, 2014

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