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Azul


Ardía con la fiebre encima, resbalé y caí al piso. Las florecillas que adornaban el sillón no tenían el tono fucsia de siempre porque la luz de la tarde entraba por las ventanas y las teñía de azul, bueno, cuando logré despertar toda la sala estaba en azul.

Preparé café pese a que llevaba varios días de insomnio, volví a coger los lapiceros de tinta líquida para empezar a trazar figuras extrañas, cuando sentí que inconscientemente que había dibujado a alguien… o tenía sus labios, sus ojos oscuros, el cabello cano. La velocidad de mis dedos no podían distinguirse entre los recuerdos que flotaban alrededor y uno que otro verso que nunca habré de haberlo escrito, sólo pronunciado en aquel momento.

Esperé a que el reloj marque un cuarto para las seis de la tarde, pero no llegó, la sala seguía del mismo color, tal vez un poco anaranjada. La sala seguía sola y esperando a que en algún momento me anime a prender la luz (artificial).

Nuevamente otra madrugada y los lapiceros no pudieron hacer nada, los trazos no tenían forma, no tenían recuerdos, no tenían vida.

Había oscurecido y preferí no prender la luz, la sala se encontraba muy bien así.

El papel me miraba, yo no a él, tenía los lapiceros en las manos y no se produjo nada.

La Hora Azul desde mi azotea
El día que pude dormir soñé que me encontraba recostado en una cama junto a mi abuela, al voltear a la derecha, observé a alguien que abría las sábanas y me llamaba para acompañarle, tenía la misma sonrisa picaresca que me atrae y excita, pero al levantarme de la mía me le acerqué para decirle que me espere porque iba a ver cómo estaba mi cuarto. Al regresar las dos camas estaban vacías, “una nimiedad” y mi  abuela apareció detrás para recordarme que era en vano ponerme triste. Ahora quien me había llamado de la otra cama se encontraba con compañía. No aguanté y desperté.

Mientras esperaba a que llegue la hora indicada, recordé que sueño reciente fue una vil tontería, una mala pasada de mi subconsciente, no tenía por qué haber dramatizado tanto, me sentía ridículo, sin embargo, esa contradicción se volvió a contradecir: era un mecanismo de defensa ¡negación!

Por la noche ya no me fue necesario esperar la luz de la tarde para hacer algo, sólo recuerdo que me senté, tracé, escribí, lo leí tres veces y me pareció absurdo. No era necesario que lo leyera, cuando nos volvamos a ver se lo contaré y me cagaré de risa.

Hasta un próximo lunes.

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