martes, 11 de junio de 2013

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Koro

El pasadizo está en silencio, ni Pirata (el perro) tiene ganas de ladrar a cualquier extraño que pase por la casa, al parecer a él y a mí nos ha tomado por sorpresa la muerte de Koro (el gato) y ahora andamos algo distraídos, algo nos golpea en el pecho, estamos confundidos, tal vez acostumbrados, sin embargo esta vez es diferente.

En plena época de lluvias, Moya (la gata madre), parió cuatro gatos e improvisamos una caja con telas como una cama portable ya que su espacio era en la cocina antigua de la casa de mis abuelos, pero ella decidió estar en el calor de la sala, cerca de mi cuarto, y la atracción del mes fueron los pequeños. Luego de unas semanas, tres de ellos abrieron los ojos, menos el que se parecía a Moya, el que prefería amamantar a intentar salir de la caja. Todos tenían patitas cortas y de pisadas torpes, sin embargo el gatito amarillo aún continuaba al lado de Moya, era razonable porque la gata no dejaba de lamerlo continuamente, hasta que abrió los ojos, yo lo vi, me sentí realmente emocionado, quería saltar de alegría ante tal brillo que emanaba de él.
Los cuatro hermanos tuvieron que separarse. Una de mis tías pisó de casualidad a uno de ellos y murió, a uno de pelaje negro se lo regalé a mi mamá, pero falleció por el frío; en casa sólo quedaron dos, el gatito amarillo y su hermana que prefería no ser acariciada por los demás.


Moya desapareció después de cinco meses, y los hermanos quedaron huérfanos, me gustaba verlos siempre juntos y noté que era por el gato amarillo porque la hermana prefería estar sola, entonces tuve que ponerles nombres, recordé a mi profesor de Antropología General que siempre nos decía “koro”, porque él, nacido en Puno (sangre Aymara), nos contaba sus anécdotas de niño y un término que siempre repetía era “koro” porque así suelen llamar a los niños, hijos, pequeños en su tierra.


Koro fue bautizado y su hermana por mi prima, un nombre que he olvidado. Me sorprendía siempre la cercanía que Koro tenía conmigo, nunca había tenido un gato que me siga como a un perrito, iba al patio, al segundo piso, al baño y él estaba siempre detrás, me parecía muy gracioso e inusual.
Cuando volví de Chiclayo, a mediados del año pasado, Koro empezó a esperarme en el pasadizo y correr hacía mí esperando a que le diga “mi bebito”, y eso ya me parece demasiado íntimo contar porque no suelo decir tales términos, pero con él me nacía decirlo. Tal vez empezó a tomar esa actitud porque semanas antes me contaron que encontraron el cadáver de su hermana y mostraba signos de haber sido envenenada.
Por las noches, cuando me amanecía con trabajos de la universidad o leyendo, Koro me acompañaba y calentaba. Pirata jugaba mucho con él y todos en mi casa empezaron a notar la cercanía que tenía con el gato que muy raras veces solía salir o tirarse en el techo a tomar sol.
En las largas vacaciones que estuve en Lima experimenté algo que me preocupó: extrañaba más a Koro que a mis hermanos o familiares cercanos, de eso ya alguna vez explicaré, y volviendo al tema, hasta soñé que me lamía y me desagradó la anécdota que me contaron en la ausencia: “Koro ha empezado a chapar pajaritos, seguro ahora sí ya atrapará ratones y ya no pedirá tanta de la comida a la que le has acostumbrado”. Al volver, encontré a un Koro más grande e igual de cariñoso conmigo, sólo que había algo en él que ya no era igual: había empezado a salir por las noches y empezaron las heridas.
Estuve por llevarlo al veterinario para que lo castre, pero me apenaba mucho verlo sufrir o enojado ya que la vez que recibió las vacunas contra los parásitos se mostró muy renuente y desesperado. Esos maullidos de dolor me dolían también.
La última semana Koro y yo nos alejamos o, mejor dicho, yo quise alejarme de él. Mientras trabajaba escuché el sonido de la batea arrastrándose, era Koro que jugaba, me pareció gracioso y extraño, levanté la batea y no había nada, media hora después escuché el crujidos y era demasiado, Koro ya había comido y su plato estaba con restos de comida. La escena fue terrible: Koro tenía el hocico de sangre y la mitad de un pericote tirado en el piso, vísceras desparramadas. Una súbita náusea se apoderó de mí, me contuve vomitar y recordar la expresión del gato, era uno salvaje, era un esencia, era su instinto.
Decidí no abrirle la puerta de mi cuarto ni acariciarlo, cada vez que se me acercaba la terrible escena volvía. Imagino que Koro estuvo desconcertado y ya no corría por el pasadizo a darme la bienvenida. Nos sentimos alejados por unos días y el último fin de semana desapareció, creí que regresaría, al día siguiente… no lo hizo. El domingo por la mañana, a medio sueño, mi papá me despertó y me dijo que encontró a Koro muerto por el baño del cuarto de mi abuelo, me tapé con las sábanas y no quería saber más.
Sé que me apena mucho ver animales muertos o sufriendo porque la primera vez que le tuve cariño a un animal fue a un perro de raza cocker color caramelo, llamado Timy, que fue atropellado y mi papá tuvo que matarlo “para que no siga sufriendo”. Y así, hubieron muchos animales, desde conejos, monos, tortugas, iguanas y demás a los que les tuve cariño, pero a ninguno como lo que sentí por Koro.

Con lo ocurrido la última semana, recordé los años que padecí de hepatitis B. Desde un ángulo lleno de humor negro: por comer rata desconocida obedeciendo al instinto. Y algo que aún puedo aceptar es la poca madurez emocional que tengo, no necesariamente frente a un animal, sino ante otro ser que se desnuda y muestra su esencia. La sangre: la vida.
En algunos momentos creo que fue mejor que Koro se haya ido antes, ya que después de agosto, quedaría solo nuevamente e igual reactivaría sus instintos y tal vez otro hubiese sido su padecer. He optado no tener animales, ya que me queda comprobado que de alguna forma, son un ensayo de nuestras formas de relacionarnos a través de emociones y sentimientos artificiales. He optado no tener un gato hasta cuando explore más en mí y arregle ciertas actitudes que aún fallan.

Koro, gracias, te voy a recordar, aunque aún me entristece ver tu platito morado en forma de carita de gato y el silencio del pasadizo.
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